Señor Director: El Gobierno propuso un nuevo estado de excepción constitucional para emplear a las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública. La discusión llega en un país que lleva cuatro años con la macrozona sur bajo excepción, sin estrategia de salida y con un presupuesto de Defensa que compromete nuestro alistamiento. Nos reunimos en sociedad para lograr el bien común. Y para resguardarlo le otorgamos al Estado el monopolio total de la fuerza. En lo externo, a las Fuerzas Armadas; en lo interno, a la fuerza pública. A esta última le exigimos racionalidad y proporcionalidad, pero cuando la situación se extrema esa proporcionalidad deja de ser válida y la ley debe amparar a quien actúa conforme a ella. Hoy eso no se cumple, y ese problema es anterior a cualquier despliegue militar. Las Fuerzas Armadas son otra cosa. Su fuerza no sirve si no es letal, superior y respaldada por una voluntad política inquebrantable. De allí el juramento de dar la vida por una causa, el de la batalla de La Concepción, la gesta de Prat. De allí que esas fuerzas sean no deliberantes y obedientes al poder elegido por la soberanía popular. Pero obedecer no las convierte en funcionarios al servicio del gobierno de turno. Es un total despropósito pedirle a un ciudadano juramentado a dar la vida para aniquilar al enemigo, que se someta a las reglas y al mando de la fuerza pública, para resolver problemas internos que esta no ha podido abordar. Siempre le cabe al conductor político, bajo su responsabilidad, declarar una amenaza interna como objetivo militar. Pero eso no es lo que se plantea. Lo que está sobre la mesa es un estado de excepción de hasta 240 días, sin revisión del Congreso, con las Fuerzas Armadas en labores policiales. No es emplear la fuerza militar, es instalar a los militares en el trabajo de la fuerza pública y hacerlo costumbre. Mientras les sumamos misiones y les restamos medios, nuestros mejores hombres y mujeres buscan otros destinos para su vocación de servicio a la patria. Si de verdad queremos que den la vida cuando se lo pidamos, empecemos por no gastarles el alma en lo que no les corresponde. Nicolás Ibáñez Scott Presidente de AthenaLab
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